viernes, septiembre 01, 2006

Narrativa, 1er. lugar: Ser el otro por Nei Zuzek, Argentina



Ser el otro
Nei Zuzek, Argentina
Primer lugar


Entonces el discípulo, angustiado por no obtener la iluminación que tanto había buscado, caminó hasta el bosque y se sentó frente al roble. Su corazón latía furioso. Una nube de pensamientos desencontrados atormentaba su mente. Para calmarse, enderezó la espalda, inspiró profundamente, cerró los ojos. Después exhaló el aire, aliviando el pecho. Repitió el ejercicio varias veces. Los pensamientos se fueron disipando y pudo escuchar el murmullo de las hojas, los gorjeos de pájaros cuyos nombres desconocía, la queja de una cigarra. Cuando recuperó la quietud, abrió lentamente los ojos.

El tronco del roble estaba enfrente suyo. Recordó las palabras del maestro: “cuando miréis una cosa, no hagáis ningún análisis, simplemente observad; si lo conseguís, percibiréis que la división entre observador y cosa observada desaparece, y existirá sólo el verbo observar, existir, ser”. Entonces, con paciencia, se dispuso a mirar. Comenzó por las raíces que sobresalían en el suelo. Subiendo lentamente, recorrió, sin ambiciones, la superficie del tronco; descubrió aquí y allí un accidente que no había visto antes. Llegó a la primera rama: torcía su rumbo varias veces antes de ramificarse infinitamente. Algunas hojas ya manifestaban el otoño, y allá arriba, en la copa, luces y sombras celebraban la belleza con una danza constante.
Bajó hasta volver al tronco. Sus párpados pesaron y cerró nuevamente los ojos. Poco a poco, sintió su sangre convirtiéndose en savia, la ruda textura de la corteza en su piel, sus huesos firmes, fuertes, de madera. Miró para dentro de sí mismo: los cuarenta círculos concéntricos de su tronco hablaban de otros tantos años de vida. Pensó que tal vez había llegado a la iluminación, y quiso contarle esta increíble experiencia al maestro. Intentó abrir los ojos, estirar los brazos, salir caminando: fue en vano. Sus raíces estaban enterradas en el suelo; sus ramas ya no se movían por su voluntad; ojos, ningún árbol tiene. El miedo tembló en sus hojas, pero después percibió que, para un roble majestuoso como él, no había necesidad de ir a lugar alguno.
Cuando inspiró, el roble sintió una extraña flexibilidad. Sin entender, abrió los ojos. Se asustó con la luz que lo penetraba, pero enseguida se encantó con su nueva capacidad de ver. Estiró perezosamente esos miembros desconocidos llamados brazos, piernas. Se levantó. Después de vacilar brevemente, dio el primer paso y, al comprobar que se estaba moviendo, largó una sonora carcajada.
Nadie, ni siquiera el maestro, percibió el cambio.

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1 Comments:

Blogger carla said...

Buenisimo, me encantò...no se si abra alguna forma de contactarme con Nei ZuZec.
Felicitaciones.
Buena progresiòn del relato, el factor sorpresa se matiza sin notar un quiebre brusco.

3:08 a. m.  

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